sábado, 12 de diciembre de 2020
el último vuelo del águila
miércoles, 4 de noviembre de 2020
instinto
Habían pasado muchas cosas desde que empezamos a vivir bajo la tierra, ya no éramos humanos o eso es lo que todos creíamos, nos alimentábamos de insectos y hongos que crecían por la humedad, todos parecíamos cadáveres andantes, habíamos perdido la habilidad de hablar, de sentir y solo hacíamos parejas para dormir sin morir por el frío que intentaba ejecutarnos por las noches.
La vida que conocíamos ya no pertenecía a nuestros recuerdos sino que se narraban como leyendas para dar esperanza ante el vacío que vivíamos y sentíamos. El futuro no era incierto, a todos nos esperaba la muerte, la sentíamos pasear cerca de nosotros haciendo antesala a un cadáver más que podíamos comer, el canibalismo no era algo que nos incomodara, los cadáveres siempre eran una opción para comer algo "mejor", aunque un cadáver famélico no era algo para emocionarse siempre recibíamos todo lo que podíamos comer. La religión, el dinero, el poder, el sexo y todo lo que parecía tener mucha importancia simplemente desapareció, nos manteníamos al borde en todos los sentidos; nada realmente importaba, vivir o morir era relativo, afuera no había nada, hasta el aire que ofrecía este nuevo mundo era inservible.
Pero todo cambió; una noche, tarde o día, no podría afirmar nada, la oscuridad estaba siempre presente ante nuestros ojos; una luz, una luz que parecía emitida por un rayo apareció cerca a nuestra entrada, como animales tuvimos miedo, los instintos nos habían vuelto animales pero la curiosidad que parecía extinta en nosotros se encendió ante aquella luz por lo que empezamos a andar; debo afirmar que hace mucho nadie caminaba, todos estábamos siempre tirados en la tierra arrastrándonos para ahorrar energía; al salir vimos un ser, un cadáver, un dios, no lo sé; todos nos arrodillamos instintivamente, quizás este mundo cambiará.
martes, 27 de octubre de 2020
La biblia roja
El día esperado
Todos los días me levantaba con la intención de ver un atardecer distinto al de los demás días.
El ejercicio era para saber que yo había muerto.
Un día, después de rezar, un día después de contar uno por uno mis pinceles, mientras escuchaba esa canción, después de salir a pasear con mis mascotas; encontré la puerta de mi casa abierta:
Al parecer alguien me esperaba dentro...
Mis perros desaparecieron, las sábanas de mi cama eran negras:
en mi cama, estaba un hombre con mi mujer; mi mujer lucía como una bruja.
El aire tenía olor a perfume que no lograba distinguir.
Todo cuanto tenía en mi bolsillo era polvo rojo... Es decir, arena.
Así había sido enterrado; pero yo, aún seguía soñando.
No hay distinción ni beneficio en la tarde, en el día o en la noche, ni siquiera en el amanecer.
¿Entonces como podría yo distinguir el día de mi muerte?
Así que, comenze a escribir en un cuaderno todos los días, a todas horas la canción que me gustaba:
Repetirla era la forma para despertar.
Repetir cada palabra hasta esperar a que un día abriese el cuaderno y las canciones no estuviesen más escritas ahí.
Victor Alcázar